Los tres golpes que da la muerte en el portón sonaron épicos, con esa mixtura insuperable de la angustia y la esperanza; las tinieblas y al fondo la luminosidad de la justicia y la esperanza.
Así retumba en cada espacio donde algún grupo de músicos de atreve a ejecutar la más famosa de todas las sinfonías, la “Quinta” del alemán Ludwig van Beethoven. Sones que pueden llegar a electrizar a una audiencia, si esos músicos son adicionalmente jóvenes; si esos jóvenes provienen, además, de diferentes rincones de un país en un país complejo como es Bolivia.
Junto al rubiecito que evidenciaba su origen anglosajón urbano, asomaba la muchacha con su cola de caballo, que reflejaba el buen gusto de las garotas en las tierras vallunas. Al frente aquel chico de cabello corto y lacio, brillante y engominado tan característico de sus contemporáneos que bajan desde El Alto a la ollada, quizá la segunda generación de migrantes andinos. Y el otro, el que tocaba alegre el violín con esos rasgos inconfundibles del pueblo chiquitano, que cruzó la cordillera hasta la gran metrópoli. Al fondo, a la espera de su turno, adolescentes- incluso un niño no mayor de seis años- vestidos con ponchos multicolores, afinaban zampoñas y tamboriles.
Más de 200 jóvenes del país conjuncionados para dar uno de los mejores conciertos que jamás se ha dado en la ciudad de La Paz. Antes estuvieron en Sucre, luego en El Alto.
Bajo la coordinación del soñador de utopías, Rubén Darío Suárez, con el respaldo oportuno de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación, COSUDE, cuatro grupos musicales armonizaron sus instrumentos para dar la señal que bajo la bandera del arte, todo es posible. La consigna no era de confrontación ni beligerancia, sino de fe y emoción.
Para ello asumieron el riesgo de tocar bajo una sola batuta, la Orquesta Sinfónica de El Alto, la Orquesta Sinfónica del Plan Tres Mil de Santa Cruz, la Orquesta de Cochabamba y la escuela de música de Los Masis, de Sucre. Interpretaron la “Quinta”, valses cruceños, tonadas cochabambinas, tristezas europeas, creaciones latinoamericanas.
Un regalo para la Natividad de amor y paz, para un país que más allá de los discursos y de las acciones de abusos de poder, estridencias y odios, mantiene los ríos profundos de unidad, entendimiento y enamoramiento.
Lástima que semejante esfuerzo no fuese acompañado por la correspondiente difusión. El coliseo Don Bosco estaba ocupado a medias, y una cuarta parte de las butacas fue cubierta por cadetes de la Academia de Policías. Era difícil de evaluar qué pasó con los aparatos comunicacionales del Defensor del Pueblo, del Viceministerio de Cultura, del Gobierno Municipal de La Paz. No circularon invitaciones, ni hubo afiches, ni datos en las agendas especializadas.
El bochorno llegó, de yapa, con los discursos políticos, innecesarios. ¿Por qué romper la magia del arte con palabras obvias sobre la unidad del país, si más impacto causaban los propios rostros de los jóvenes? ¿Por qué afectar el esfuerzo de los que día a día tienen que superar enormes obstáculos para mantener estas orquestas, con un inoportuno protagonismo? Los héroes eran los músicos, no los funcionarios.
Duele que este costoso e inédito esfuerzo quedó para el disfrute de unos pocos, los amigos de siempre, los que ya están convencidos contra el estropicio del poder.
