Han pasado a la historia aquellos “trenes expreso” que atravesaban Europa de un extremo al otro. Trenes, lentos pero puntuales, en los que se descubría, a través de los pasajeros y del ambiente de cada estación, buena parte de la esencia del Viejo Continente.
Resultaba espectacular subirse a un tren en Alemania, procedente de Francia, y que terminaba, tras atravesar Suiza y Austria, en Venecia. Una experiencia viajera que se fue diluyendo con la llegada de los trenes de alta velocidad, la desaparición de las fronteras y la bajada del precio de los vuelos. Esto hace que ahora muchos viajeros europeos experimentados, que todavía recuerdan con nostalgia aquellos trenes legendarios, se puedan sentir tentados a recorrer la Chiquitanía en un tren en el que la distancia se mide en tiempo.
Lentitud, calor, suciedad, olores intensos de todo tipo, incomodidad y masificación, convierten curiosamente este viaje en tren por la Chiquitanía en una experiencia extremadamente autentica para el viajero europeo más aventurero. Una experiencia en la que uno acaba por sentirse parte indisoluble de ese tren, de ese ambiente que destila esencia chiquitana.
Esperar el tren a media noche en la estación de San José, viendo como poco a poco el andén se va poblando de gentes y bultos, es todo un espectáculo. Anticipo de una noche interminable de sensaciones en la que se pierde la noción del tiempo. Sensaciones que hacen que uno no sienta ni la falta de aire acondicionado y que acabe comprendiendo que esta experiencia exige sentir como entra, por las ventanas del tren, el aire calido, húmedo y denso de la noche chiquitana.
A lo largo del interminable viaje, se impone lanzarse de vez en cuando a la aventura de conseguir llegar al vagón bar. Buen lugar para compartir con viajeros y empleados de la compañía. Pasar de un vagón al otro, con el movimiento tremendamente exagerado del tren, parece una misión divertida, pero casi imposible. Aunque la emoción de recorrer otro vagón más, lleno de gente, de la gente autentica y cordial de la Chiquitanía, motiva a continuar.
De madrugada, mientras el tren atraviesa el típico paisaje chiquitano de vegetación exuberante intensamente verde, surcado por caminos de tierra roja, decenas de vendedoras suben y bajan al tren. Sin saber de donde vienen y a donde van, ofrecen a los pasajeros “cuñapes” y una apabullante variedad de calóricas delicias gastronómicas chiquitanas recién elaboradas. Entran ganas de fotografiar a cada una de estas señoras, con su credencial de vendedoras autorizadas y su cesto de exquisiteces. Una foto fantástica para llevarse al otro lado del mundo con el recuerdo de la historia que cada una nos contó o imaginamos que nos contó.

6/Febrero/2009
Cuando terminen de construir la carretera a Puerto Suarez, este tren tambien dejará de funcionar y morirán varios pueblos que sobreviven gracias a él.